jueves, 24 de febrero de 2011

Alice

Alice se quedó mirando las estrellas, de pie junto a la ventana. Hacía ya tiempo que Poll roncaba suavemente. ¿Y si yo también te amara? había preguntado él. A ella ya no le quedaba ni pizca del orgullo que la había separado de él. Orgullo. Qué estúpida entrometida eres, Alice. Aunque tus pecados sean escarlatas, quedarás blanca como la nieva; aunque sean rojo carmesí, quedarás como la lana, leyó la madre de Richard. Lo adoraba; estaba prendada. Pero había perjudicado a su hermana. Pero le devía su honor a Balmoral. Oh, Barbara, dijiste que hacerlo era tan dulce. Ése era el motivo por el que Caro había traicionado; no le costaría nada traicionar a Balmoral. (...) En su corazón había tanto anhelo, tanta tristeza. ¿Qué debería hacer? ¿Renunciar a Balmoral? ¿ Tan cerca de la boda? ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría no hacerlo? La astuta Alice ya no era tan astuta.

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